Libro: "Desde las Entrañas"
`Por: Hannah Cervantes
CAPITULO I

En una fría y sombría avenida de una gran ciudad desembocaba un obscuro callejón que se mostraba ante todos como una grieta en el tiempo, un espacio olvidado, donde el eco de la descomposición parecía estar al acecho. Era un rincón helado, atrapado entre edificios que respiraban con dificultad, viejos colosos de piedra y ladrillo que el tiempo había desgastado hasta dejarlos al borde de la ruina. Ahí, entre las entrañas de esos edificios malditos, se encontraba un callejón sombrío, maloliente, mal viviente, donde la vida parecía una condena y la muerte un susurro en las sombras.
Los vecinos lo llamaban "La Catacumba", y su solo nombre hacía que se les erizara la piel. Nadie caminaba por ahí sin apretar el paso, como si no existiera; los más prudentes preferían rodearlo. Decían que la oscuridad en ese lugar tenía un peso propio, un escalofrío que se colaba en los huesos y robaba el aliento. Se murmuraba que aquellos que se atrevían a entrar jamás volvían a ser los mismos. El aire mismo parecía cargar una amenaza, un aviso invisible de que algo antiguo y malvado aún respiraba bajo esos escombros.
A lo largo del callejón, casuchas maltrechas se encajaban como tumores en las paredes de los edificios vecinos. Algunas estaban hechas de láminas oxidadas y lonas raídas; otras, las "más elegantes", apenas se sostenían con muros de piedras desiguales y tabiques agrietados, como si la misma tierra las rechazara. En su interior, el frío se asentaba como un huésped indeseado, filtrándose por cada grieta, haciendo compañía a los roedores y criaturas rastreras que merodeaban entre los escombros.
En el centro de aquel caos urbano, un árbol milenario y nudoso se erguía como el único testigo silencioso. El pardo secuoya, con raíces profundas que parecieran alimentarse de las miserias del lugar, dominaba el panorama. A veces, se decía que los gritos de los perdidos resonaban en sus ramas, como si el árbol absorbiera sus sufrimientos y los guardara en su interior. Las chozas parecían emerger de sus raíces, como si el árbol mismo las hubiera engendrado y ahora las vigilara con aparente indiferencia. A su sombra, 13 chozas se apiñaban en un círculo macabro, y en la tercera de ellas vivía la familia Verdugo.
La señora de la casa, Doña Emma, era una bruja, pero no de las que aparecen en los cuentos. Ella no usaba sombreros puntiagudos ni montaba escobas. No. Emma era una criatura torcida por la vida, una mujer escuálida, con la piel ceniza y los ojos hundidos en sus cuencas, siempre disimulados por unos cuantos mechones de cabellos grasientos, mal tintados e intentando ser escondidos por su apestosa y roída manta. Se decía que Emma podía comunicarse con los espíritus de los caídos, y que su magia negra era un juego de luces y sombras que desestabilizaba a quienes la rodeaban. Su verdadero poder radicaba en la manera en que manipulaba el miedo de los demás. A su lado, su esposo, Don Pedro, un hombre de aspecto rechoncho y fétido, conocido entre los locales como el temido padrote del rumbo. Susurros sobre su pasado oscuro y las almas que había reclamado a lo largo de los años flotaban en el aire como un polvo invisible. Dirigía su propio reino de sombras; era un sórdido bar llamado "La Taberna", donde las almas extraviadas acudían a perder lo poco que les quedaba. Juntos, formaban una pareja torva y despreciada, cuyos hijos—una banda de siete criaturas salvajes—crecían entre sombras, malicia y ruinas.
Pero la hija mayor, Úrsula, se alzaba entre sus hermanos como un presagio de lo inquietante. Además, irradiaba una energía sombría que helaba la sangre de quienes se atrevían a mirarla. Sus ojos, grandes y felinos, cambiaban de color en la penumbra, y parecían seguir a los desprevenidos por el callejón, infundiendo un terror inexplicable que desnudaba sus peores temores. Los habitantes del callejón hablaban de su belleza pálida y desnutrida como si fuera un eco de las leyendas que advertían sobre el peligro de cruzarse con ella.
Úrsula no era una joven común; llevaba consigo la maldición más pesada, un fardo de oscuridad que se arrastraba desde su nacimiento. Su rostro, similar al de una muñeca antigua, adornado con pecas rojizas, era solo una máscara que ocultaba el abismo que había dentro de ella. Con cada mirada, penetraba en lo más profundo de las almas ajenas, fisgoneando en sus secretos más oscuros, como si pudiera sacar a la luz los ecos de sus culpabilidades. Aquellos que se cruzaban en su camino no solo sentían su presencia; experimentaban un escalofrío que les recordaba que la verdadera oscuridad no es solo un concepto, sino una realidad viva que la rodea, un reflejo de la maldad que acecha en cada rincón del mundo.
Solamente su madre, o al menos eso creía, sabía que Úrsula podía escuchar lo que otros no podían. En las sombras, cuando el sol se apagaba y el frío calaba, los secretos se arrastraban hacia ella como serpientes susurrantes. Eran voces apenas audibles de los vivos y los muertos, revelando lo peor de sí mismos. Bastaba con que se acercara a alguien para escuchar la verdad más abominable que ocultaban.
Este "don", como lo llamaban sus ancestros, Úrsula lo nombraba como: la maldita herencia. Un legado enfermizo de hechiceros cuyas manos habían jugado con fuerzas que los mortales no debían tocar. No era un regalo, sino una maldición que los había perseguido por generaciones, arrastrando a cada uno de ellos a la locura. Y Úrsula lo sabía. Los susurros no eran simples pensamientos. Eran más profundos, más oscuros, como un pozo sin fondo de pecados y deseos reprimidos que se acumulaban en las mentes de aquellos que la rodeaban. Cada susurro llevaba el peso de la culpa, el remordimiento y el miedo; un miedo ancestral que reptaba desde las sombras y se alojaba en su cabeza como un indeseable parásito.
El flujo de voces no cesaba nunca. Día y noche escuchaba esa cacofonía de tormento que la asediaba sin descanso. Cada voz tenía su propia angustia, su propia carga, y Úrsula sentía cada una como si fuera una daga clavándose lentamente en su mente. A veces, se preguntaba si algún día lograría silenciar esos susurros. Pero sabía que no había escape. Nunca lo había para los de su linaje. La maldita herencia siempre acababa devorándolos desde dentro.
Y ahora, Úrsula, tan joven, tan frágil, era el siguiente plato en el banquete oscuro de esta maldición…
